Santa Rosa en Huesca

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Colegio Santa Rosa en Huesca

domingo, 30 de octubre de 2011

La tradición del día de muertos en México

“…todos habremos de morir en la tierra (…) aunque fuerais de jade, aunque fuerais de oro, también allá iréis al lugar de los descansos”. (Netzahualcóyotl XIV-XV)

Todas las civilizaciones de la antigüedad compartían la idea de que el espíritu pasaba a otro lugar después de la muerte y tenían similares rituales mortuorios en los que los equipaban para que ese tránsito, casi siempre oscuro y difícil, fuese lo menos doloroso posible.


En algunas culturas convertían también a sus difuntos en una especie

de dioses protectores que cuidarían de ellos desde el más allá, originando un culto familiar y privado en el que se realizaban ofrendas y ceremonias en su honor. Por más tiempo mi conducta debe agradar más a los de abajo que a los de aquí, pues mi descanso entre ellos ha de durar siempre. (“Antígona” de Sófocles, V a. C.)

En Egipto momificaban los cuerpos y los enterraban rodeados de todos los implementos que les facilitaran el paso al otro mundo. En Grecia, el 30 de cada mes, se dedicaba a los muertos de la familia, como un acto privado, dentro del hogar. En Roma enterraba a los muertos cerca de la familia, adornaban sus tumbas con flores y comían alrededor de las mismas. También celebraban las “lemuria”, fiestas en honor de los espíritus familiares que habitaban en el hogar,“lares”. Los celtas celebraban la noche de “Samhain” a finales de octubre, en la que muertos y vivos se entremezclaban debido a que el velo que los separaba se caía esa noche. En China, rendían culto a los familiares fallecidos porque creían que estos podían castigar y premiar a los vivos. En Japón, los muertos se volvían pequeños dioses “kamis” y su presencia era constante.

Por su parte, los antiguos mexicanos, en la mayoría de los casos, cremaban los cuerpos y las cenizas las enterraban en su propia casa, junto a los objetos de su actividad cotidiana, a veces con un perro para que los ayudara en ese tránsito hacia Mictlán, “el lugar de los muertos”. Un lugar frío y oscuro que estaba en el último de nueve niveles bajo tierra y orientados hacia el norte del inframundoEn el inframundo se encontraban, Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, el señor y señora de los muertos y pasaban por muchas dificultades y peligros en ese viaje. 

En la iglesia católica, la costumbre de rezar por los muertos existe desde los primeros años del cristianismo. El catecismo habla del Purgatorio como el lugar donde van las almas para ser purificadas de sus pecados y las oraciones los ayudan. La iglesia reconoce que las actividades diarias distraen del rezo por los difuntos, de manera que instituyó un día especial para tal efecto, el 2 de noviembre, “Día de los fieles difuntos” y destinó el 1º de noviembre para celebrar a “Todos los Santos”, que son los que ya están en el cielo. 

Cuando los frailes españoles llegaron a México, respetaron las ceremonias de los mexicas pero le dieron un sentido cristiano y ellos las aceptaron e incorporaron a las suyas, naciendo una hermosa tradición, llena de simbolismos, en la que honran a los muertos mediante altares llenos de ofrendas, mientras rezan por ellos. "Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios." (San Agustín, IV-V)


Los altares tienen una gran riqueza y variedad, tanto en contenido como en símbolos. Pueden ser de dos niveles, simbolizando el cielo con sus elementos, agua y fuego y la tierra con los suyos de aire y tierra. También los hay de tres niveles, donde, además de cielo y la tierra está el inframundo con sus elementos, petate y arena. Otros altares se colocan en siete niveles, recordando los siete pecados capitales. Algo que no puede faltar en ellos es la imagen del difunto, su comida favorita y los utensilios de su actividad en vida. 

También están presentes los colores, amarillo y morado, como dualidad de vida y muerte y objetos religiosos como estampas de las ánimas del purgatorio, rosario o la cruz y los aromas del copal o el incienso. Además, distribuidas por el altar hay calaveras de azúcar que recuerdan los Tzompantli, que son hileras de calaveras atravesadas por un palo, que hoy se pueden ver en el museo del Templo Mayor en la Ciudad de México. “Este mundo es el camino/para el otro/que es morada/sin pesar” (Jorge Manrique, XV)


La cultura mexicana en todas sus manifestaciones es fascinante, sin importar la época, el lugar o el acontecimiento. Sin embargo, la fiesta del “Día de Muertos” tiene una magia y un encanto que la hacen sumamente atractiva, tanto para mexicanos como para extranjeros. 

Es hermoso y espiritual este homenaje festivo que el pueblo mexicano le rinde a los muertos, el 1 y 2 de noviembre (aunque en algunas comunidades empiezan desde el 28 de octubre y terminan el 3 de noviembre). En esos días, los muertos parecieran tener permiso de visitar a sus seres queridos y compartir con ellos alimentos y recuerdos. 


Es una devoción que se liga inevitablemente a las culturas que le dieron esencia. Es la manifestación de un sincretismo religioso que potencia todavía más su belleza y espiritualidad. Hay que vivirla, sentirla y protegerla.


Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida/ cómo se viene la muerte/ tan callando (…) (Jorge Manrique, “Coplas a la muerte de mi padre” XV)  Petra Llamas García. 


Publicado en La Jornada de Aguascalientes el 28 de octubre del 2011. petrallamasgarcia@hotmail.com Twitter: @petrallamas

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